El artista renacentista Alberto Durero se hizo famoso por su talento a los veinte años. Los críticos de arte de su época lo llamaron «la mayor mente que jamás se haya expresado a través de la línea». Mientras su fama se extendía, personas influyentes intentaron contratarlo, prometiéndole lujo y comodidad. Incluso otros artistas consagrados veneraban su obra.
El salvavidas búlgaro Yane Petkov obtuvo un récord mundial por nadar con manos y pies atados. Recorrió 3.380 metros, pero añadió algo para intensificar el desafío: envolvió su cuerpo en un saco.
Un médico decidió jubilarse después de tratar a pacientes con cáncer durante casi treinta años. Mientras resolvía las finanzas de su clínica, optó por perdonar 650.000 dólares de deuda a personas que aún le debían. «Siempre me ha incomodado que los pacientes no solo tengan que preocuparse por su salud —explicó, —[sino también por] sus familias, sus trabajos [y] el dinero. Siempre me ha afectado».
Cuando mi amiga Maritza aceptó un trabajo que requería viajar sola a varias ciudades, a menudo se sentía sola. Pero una noche, durante la cena, se inclinó hacia mí y me dijo: «Jen, oré y le pedí a Dios que me enviara a su pueblo». Poco después, comenzó a encontrarse regularmente con otros creyentes en Jesús. ¡Una vez, conoció a tres en un día!
Mi sobrina de tres años está empezando a entender que puede confiar en Jesús en cualquier situación. Una noche, mientras oraba antes de acostarse durante una tormenta, juntó sus manos, cerró los ojos y dijo: «Querido Jesús, sé que estás aquí con nosotros. Sé que nos amas. Y sé que la tormenta se detendrá cuando tú le digas».
Cuando se me formó una mancha irritada en la piel cerca del ojo, utilicé maquillaje para cubrirla. Esto mantuvo mi problema en secreto un tiempo. Sin embargo, la mancha no desapareció y supe que necesitaba atención médica. La mañana de la cita con el médico, no me maquillé. Quería que viera bien el problema y lo tratara para que pudiera curarse.
Una cálida noche, me encontré con unos amigos para ir a comer a un restaurante que ofrecía música jazz en vivo al aire libre, pero cuando llegamos, el patio estaba lleno. Decepcionados, tuvimos que caminar varias cuadras para encontrar otro lugar para cenar.
Habíamos estado viajando en auto durante quince horas, y era ya de noche cuando una alerta de tornado captó nuestra atención: debíamos protegernos de inmediato. Justo en ese momento, relámpagos explotaron en el cielo y el viento empezó a presionar contra el auto. Aceleramos para salir de la autopista y estacionamos cerca de un edificio de cemento de un hotel. Entramos corriendo, agradecidos de encontrar refugio.
Las enredaderas de sandías habían invadido mi jardín. Cruzaron el sendero de piedra, treparon la cerca, y lo peor de todo, trataron de ahogar mis plantas de verduras favoritas. Sabía que la huerta no duraría si no hacía algo. Entonces, una tarde empecé a desenredar los zarcillos de los tallos y las hojas. Cuando volvían a crecer, seguía quitándolos, hasta que finalmente las plantas produjeron tomates regordetes y pimientos brillosos.
Las enredaderas de sandías habían invadido mi jardín. Cruzaron el sendero de piedra, treparon la cerca, y lo peor de todo, trataron de ahogar mis plantas de verduras favoritas. Sabía que la huerta no duraría si no hacía algo. Entonces, una tarde empecé a desenredar los zarcillos de los tallos y las hojas. Cuando volvían a crecer, seguía quitándolos, hasta que finalmente las plantas produjeron tomates regordetes y pimientos brillosos.